Los charcos en los que decidí caer para aprender a mojarme con mi lluvia favorita

sábado, 23 de junio de 2012

Paula




El taxi la dirige una vez más al centro. Aún es temprano para una noche de sábado en el bar, pero siente que valdrá la pena tener ganas de tomarse uno que otro trago mientras divaga.

La espera del ascensor al séptimo piso solo es parte de su rutina de fin de semana, al igual que el saludo al vigilante y a uno que otro asiduo asistente a dicho lugar. Cruza el umbral de sus anhelos y recorre la sala para decidir el sitio propicio a sentarse hoy, tal vez la única excepción con mención a esta monotonía. Hoy percibe que será provechoso relajarse en una esquina con vista a la plaza de en frente, porque no le estimula ir con los grupos que ya conoce. Espero que su olfato no le pase una mala jugada.

Se anima a pedir un tequila para tomar ventaja de los demás; sin embargo, se toma su tiempo para pensar sobre la jugada que hará esta noche. Sabe que es posible que esta sea otra de esas noches que le cause una decepción más su comportamiento, pero elije arriesgarse y esperar a alguien que le haga olvidar aquel desamor que prefiere no volver a recordar; es consciente que todo esto es como pedirle peras al olmo, pero tiene un encanto que la mayoría admira y ella probablemente lo usa de presentación.

Un par de chicos se sientan junto a la mesa vacía del lado. Paula examina disimuladamente a ambos y espera a que se acomoden para pedirle fuego al más apuesto, ella saca su cajetilla de Lucky y emprende su nueva historia. Ellos no solo le encienden el cigarro, sino también la invitan a sentarse en la misma mesa y por qué no unos vasos de cerveza gratuitos. La conversación fluye, y e l local se va llenando de más gente y buena música. Las canciones hacen que su cuerpo se mueva al ritmo de ellas, por lo que el chico de su interés la invita a bailar. Su sensualidad es captada por el afortunado y sus roces empiezan a alterar los sentidos de aquel chico.

Cuerpos que tratan de entenderse y enredarse con besos que quisieran ser memorables; pero ella comprende una vez más la superficialidad de sus actos y el enigma que cada noche trata de descifrar. No volverá a sentir el aliento de su amado, por más que escarbe en sus recuerdos o inicie momentos como estos, contrastados de colores intensos y salpicados de falsas esperanzas, yo estoy convencida de que siempre obtiene lo que quiere, de que no es hermosa pero por donde va pasan cosas, y que por ahora está mejor pasarla fumando mientras todo sólo transcurre.

Reloj de arena


Sólo puedo decir que un día me tocó a mí. Me tocó ser quién se estrelló contra aquel camión, contra el padre de la niña desaparecida, contra quién fue golpeado por ese policía, contra el policía que asistió a la embarazada, contra el estafado y contra quien fue asaltado por dos menores.
Puede ser que no haya sido la portada de ningún diario ni me haya hecho una nota la gente de canal 10, pero creedme, allí estaba: apenas tapado con una bata verde, pisando una baldosa fría color y sabor nieve, esperando ser llamado, esperando sumar una experiencia más.
No puedo decir que esto para mí es nuevo, me refiero al hecho de visitar los hospitales. Mi padre es médico, mi tío doctor, yo soy asmático y ni hablar de todos los episodios que me alertaron de los límites de mi cuerpo: cuando mi hermano me quebró la nariz, cuando me tiraron con un cable en el ojo en el colegio, cuando me quebraron el brazo en un corner, cuando me internaron por una fuerte neumonía, cuando me disloque el meñique del pie izquierdo haciéndome el skater. Y aún así sigo sintiéndome incómodo, como alguien que todos los meses debe hacer largas colas para cobrar un subsidio, así me sentía, como alguien que tiene que bajar la cabeza mientras camina hacia la puerta tras escuchar “Rizzy”.
El camillero llegó y me separé de mi novia quien debió esperarme en el hall.
“Acóstate aquí” me dijo. Uno nunca sabe exactamente cómo acostarse en esas camillas, son más altas que una cama y no todas tienen un relieve para indicarte de qué lado vas. Honestamente, no recuerdo cómo era esa camilla puntualmente, sólo sé que obedecí y comencé a mirar el techo con sus tubos fluorescentes, pasando de a pares, tal cual se ve en las películas luego del accidente o el disparo.
Empecé a sentirme incómodo, estaba a punto de decirle “espera flaco, te ayudo a llevarme” pero entendí que ese es su trabajo. Así como una vez hice el ridículo al querer levantar la mesa y llevar los platos a la barra en un restaurante, sólo porque conocíamos a la moza y para mí no era placentero que me sirvieran.
Llegamos a una sala donde me estacionaron como a un Fiat 600 entre dos Transformers. La sala estaba copada de  practicantes y camilleros hablando, cortina por medio, de la cantidad de insumos. Se notaba que era un hospital privado donde me iba a operar; esta gente sólo hablaba cosas banales y  parecían ser todos jóvenes con una pisca de “nenes de mama” y aún así, escuche varios de los peores chistes verdes hacia las chicas que estaban allí. No sé porque recordé a mi viejo: ese humor de clínico tal vez un toque inteligente, pero siempre respetando la soberbia  y el ninguneo por parte de los universitarios hacia los que no lo son.
Pasaron algunos minutos, y yo seguía mirando el techo. De vez en cuando giraba a observar la aparatología. No vi ninguna motosierra, por lo q la cosa venía bien. Seguí mirando al techo y por fin escuche la voz del doctor, la cosa cambia.
No es por tratarlo de héroe por haberme salvado, ni nada por el estilo, pero honestamente allí están los nuevos líderes: Los científicos. Un tipo que puede recordar el color de la corbata que usaste el martes pasado; un tipo que es el terror de los petroleros porque cuando se le quede el auto sin nafta en la ruta, allí mismo y bajo el asedio del viento y el abrazo cálido del desierto inventará el auto a agua; un tipo tan groso que yo en mi ignorancia solo podría describir su inmensidad con un insulto. Pero qué me importa eso ahora, me está por abrir este tipo y honestamente, no me fío al cien por ciento.
Apenas un sexto de hora pasó y el mismo camillero que me había estacionado allí me volvió a recoger para llevarme al quirófano. Me parece buena idea, pues no quería que las chicas de esa sala se acercaran a verme cuando las  incisiones comenzaran. En fin, nuevamente los tubos fluorescentes pasando una y otra vez me aparcaron. En esta oportunidad debajo de una gran luz, como la de los dentistas, en la habitación más pulcra donde había estado jamás.  Me pidieron que me cambiara de camilla, según recuerdo no había diferencia alguna entre ambas, salvo porque la segunda tenía una especia de sábana verde,  hermana o prima de la bata que llevaba puesta. Me recosté y el camillero se llevó mi primer auto. A mi derecha tenía a una mujer que no dijo una palabra en toda la velada. Ella de momento era un personaje misterioso que acomodaba los utensilios. Entró una enfermera quien me puso una especie de cortina para que no viera nada más allá de mi cuello, y me recomendó acomodar los brazos de cierta forma que no interfiera en el perímetro que los doctores marcarían en breve. Constantemente escuchaba la frase: “¿Estás contaminado vos?” No me la decían a mí, se la decían entre ellos, calculo que hacían alusión a una especie de procedimiento de esterilización previo a una intervención quirúrgica.
El doctor entró acompañado de un segundo, un tanto más viejo. Ambos me saludaron con mucho cariño y cuando más confortable me sentía comenzaron los pinchazos. “La puta madre” -pero no hay forma de representar los dolores que sentía hasta que el mejor invento del hombre, la anestesia, dormía mi cuerpo  y me sumergía en un dilema que no  recomiendo sentir.
-¿eso que siento es dolor real o es la sensación? Era la primera vez que me pinchaban sin antes decirme “esto te va a doler un poquito” ¿Será que había crecido?

Pasaban los minutos y sólo podía mirar una cosa: el techo. Los doctores comenzaron a relajarse mientras sus manos me cortaban la piel y sus bocas hablaban sobre sus exitosos hijos en Europa. Quien no estaba relajado era yo, tenía los dedos encorvados como si estuviera cagando un transbordador espacial y cada tanto esgrimía algún gemido de dolor en voz muy baja, porque uno es macho y se la banca. De todas formas, tal parece que no era conveniente hacerlo pues alguien me toco el dedo del pie como diciendo “aflojá flaco”.
En un primer momento sabía exactamente lo que me estaban haciendo, luego me perdí como alguien que se duerme en el colectivo con la barra de talleres: no tenía idea de qué me estaban haciendo, incluso creo haber sentido una sierra.
Esperaba que los médicos se dijeran “muy bien doctor”, pero a cambio de eso solo sentí la hermosa anécdota de Martín viajando a Alemania para un importante cargo en una empresa de energía eólica.
Habrán sido 20 minutos hasta que me desperté del colectivo y me di cuenta de lo que estaba sucediendo: me estaban haciendo los puntos, sentía cómo se me estiraba la piel cuando el doctor cortaba los hilos -qué linda sensación-. Todo esto sucedía cuando el peor temor que se le ocurre a cualquier paciente de cirugía: que se vaya la anestesia. Pero nada de esto sucedió. Soy inmortal y eso está claro.
Dos horas habían pasado en el lapso de entrar al hospital caminando, en ayunas y aquel momento acostado al lado de mi novia esperando al parte médico. 
Saco como conclusión, algo en que creo fervientemente: los problemas reales se presentan un martes a las tres de la tarde, justo cuando menos te lo esperas, justo cuando te peleaste con esa persona que tanto amabas, pero lamentablemente habría que repetir episodios como estos más seguidos como para entender que toda esa arena que aún le queda por caer a tu reloj tenga algún sentido.

Por siempre juntos

    La vida se va en menos de lo que dura el retraso de sentir la gota luego de humectar tu mejilla al caer desde tus ojos. ¿Quién siente júbilo al cambiar llaves de castillos de sueño por el estrepitoso choque contra la rutina, que los tiene improvisando para aprovisionarse de lo elemental? Así cambia la vida.
                La sorpresas del azar, que te pone en el lugar del otro, aquel que todo lo sufre, todo lo avergüenza y nadie le ayuda. Designios del destino, intenciones de la suerte .
                El sol no quiere interferir y el techo del techo es de nubes oscuras; mientras tus súplicas de lamento son murmullos para un sordo y las cosas se mantienen inmóviles, fijas en el suelo por el peso de la ausencia de vida. Todo cambió en un pestañar, pues para tener el momento más oscuro solo basta cerrar los ojos un instante.
                Dispersos se esconden en el olvido los recuerdos destrozados, ya has empezado a olvidarte del brillo de ellos, como de la cuenta de los días perdidos, mirándolos, ayudado tan solo por espejos de lágrimas.
                Aún así, es momento de salir, cubrir a tus hombres. Pues para que ella no haya quedado donde quedó, su legado deberá conocer los lugares donde ella no pudo  alcanzar aún.
Por siempre juntos.

jueves, 7 de junio de 2012

martes, 13 de marzo de 2012

Al final del arco iris - SKULLCANDY

Storyline:

Una chica está escuchando música con unos auriculares comunes mientras camina por la ciudad bajo la lluvia. De pronto, la lluvia se detiene y sale un arco iris con líneas de pentagrama y claves de música; entonces ella camina, trota y corre atravesando el centro de la ciudad hasta llegar al fin del arco iris. El tramo que recorre va acompañado de figuras abstractas. Cuando por fin el arco iris acaba, hay una ollita en el que en lugar de oro están unos auriculares Skullcandy con un diseño colorido, por lo que ella se saca los que tenía y se coloca estos. Entonces, de regreso a la ciudad va escuchando música alegremente y saltando, mientras a cada paso su vestimenta va cambiando de estilo: de rap, snowboard, Dj, piloto de motos, skater, en patines, en bicicleta, rockera y vestida de cultura reggae. Acompañada de una melodía electrónica neutral. Finalmente en el fondo sale: Muestra tu estilo extremo con un accesorio a tu medida: Skullcandy.


Gráfica: Guitar Hero

Producto: Guitar Hero
Motivo: Mostrar el esceneario de un recital

Narración: RETALES DE CARNAVAL



Me cuesta recordar mis pasos por el carnaval en las vacaciones de invierno del año pasado. La tía Elisa, prima lejana de mi mamá, me había invitado nuevamente a pasar junto a ella el verano en Génova; y yo hastiada del cielo gris de Lima, había aceptado la proposición ipso facto.
Las diez horas de vuelo me parecieron interminables, aunque la música, alguno que otro libro y la comida insípida, trataban de alentarme que valdría la pena mi desgaste de energía para sobrellevar un viaje como este.
Cuando al fin escuchamos la voz de bienvenida, todos nos alistamos raudamente en salir de ahí, yo más que ninguno, porque siempre tengo la sensación de estar atrapada en una caja de metal; es una especie de claustrofobia que me da cada vez que debo viajar.
Hacía cinco años que no veía a la tía Elisa, pensé que no la reconocería, pero no había envejecido más de lo que pensé. Ahí estaba sentada con la misma gracia de siempre, leyendo una revista de moda para matar el tiempo. La tía Elisa era actriz de teatro, una mujer bastante refinada y guapa, pero que ahora, a sus cincuenta años, se había alejado de ese mundo artístico para dedicarse a ella; sin embargo, un buen observador deduciría su vida pasada: esos movimientos, la forma de sentarse, de caminar, de darle vuelta a cada hoja de revista la delatan, aunque trate de pasar desapercibida. Vive sola, debido a que hace muchos años sufrió un aborto natural. Podría decirse que es su mayor desgracia y la razón por la que dejó todo para aislarse en su departamento modesto, donde puede olvidar y recordar lo que quiera a su antojo.
Me saludó con la emoción de abrazar nuevamente a su sobrina favorita, y es que creo que en el fondo nos parecíamos mucho, en la vida solitaria que nos gusta llevar, en tener la certeza de que no es bueno el que te ayuda sino el que no te molesta. Charlamos de todo durante el trayecto, hasta que por fin llegamos y saludé a Ulises al que también había extrañado, ya que en casa no me dejan tener ninguna mascota, ni siquiera un gato.
Me contó el itinerario para las próximas semanas, iba a ser lo de siempre, ir al centro, a museos, galerías, castillos, a visitar iglesias, porque sabe que me gusta la arquitectura, a la playa y a una fiesta de carnavales, que me sorprendió algo, porque nunca había ido a una fiesta así, ya que hasta hace cinco años era menor de edad, y por encargo de su prima había decidido portarse responsablemente conmigo en este tema.
Andrés me había invitado mediante la tía, ya que siempre le preguntaba por mí, debido a que había dejado de contestar sus mails hace un buen tiempo. Y es que me aburría un poco, aunque siempre me salvaba los días de mi estadía en esta avejentada ciudad.
Descansé un poco y como aún no era tan tarde fui a buscar a Andrés, el mismo chico bobo que le gusté alguna vez, y que me había invitado a la fiesta de carnavales que sería en dos semanas. No lo saludé con la misma efusión que él, pero me gustó salir a caminar mientras conversábamos del tiempo que no nos habíamos visto. Me contó sobre la gran fiesta de disfraces de este año, a la que iríamos por primera vez, pero a la que también asistirían el grupo de Cristina, Luciana, Claudia y los demás chicos que habían sido compañeros míos durante el año que estudié  acá. No me emocionó mucho la idea, porque todos ellos eran el clásico grupo popular del colegio, cada uno con sus rasgos característicos que hacen más insoportable el solo hecho de pensar que los volvería a ver, pero pensé que tal vez no me reconocerían.
Pasaron los días en visitas y caminatas guiadas por la tía, aunque ella sabía bien que no me perdería; conocía muy bien el centro y este, no había cambiado casi nada. El sol se mostraba como nunca lo haría en Lima y yo aprovechaba en broncearme más de lo que estaba.
Llegó la noche de la fiesta de carnavales y yo había decidido disfrazarme de caperucita roja y me había comprado un antifaz porque sabía que la mayoría llevaría uno. Andrea me recogió y solté una sonrisa al verlo disfrazado de un vampiro con toda la onda gótica.
Nos dirigimos al viejo castillo-museo en el que todos los años se celebraba la fiesta de carnavales de Génova, una fiesta medieval de disfraces, donde acontecía como primer número la actuación de un grupo de jóvenes del teatro municipal.
Llegamos cuando ya había terminado la obra teatral, y los asistentes se mezclaban entre disfraces modernos y medievales. Nos servimos un trago y Andrés no dejaba de contarme cada vez más cosas, que la verdad, no tomé mucha atención. Pensé que estas fiestas serían más interesantes, y creo que no debí haber esperado más de lo que sucedió esa noche, sino solo conformarme con charlar y de vez en cuando flirtear con algún chico interesante.
Le dije a Andrés que iría al baño, pero me fui a husmear en cada salón, ya que el hall principal estaba repleto de criaturas perversas, y sus conversaciones solo me estresaban.
Me encontré con Cristina, la chica más bonita de la escuela a la que iba, se estaba arreglando su disfraz de doncella, para luego regresar con las dos amigas, no tan insoportables como ella, que la esperaban en algún otro lado. Ella no me reconoció porque llevaba mi preciado antifaz y porque ya habían pasado muchos años de la última vez que nos vimos.
Seguí recorriendo los pasadizos en busca de alguna distracción, y llegué a uno de los balcones,  desde donde divisé el jolgorio que se armaba conforme transcurrían las horas. Reconocí al grupito de tontas que yacía abajo, haciéndose las sexys. Luciana estaba disfrazada de una bruja, atuendo que le caía realmente bien; y Claudia de un supuesto ángel, afortunadamente era solo un disfraz.
Me quedé observando todo lo que ocurría abajo. Había un grupo de chicos que parecían drogados, molestando a quien se le cruce en su camino, unos bailando en grupo, damas, caballeros, taberneros, conejitas, meseras, enfermeras, superhéroes, Blanca Nieves, pensé que podría unírmele y hacerla de gruñón por lo desganada que me encontraba. Examiné nuevamente, y ya no estaban el trío que antes había estado coqueteando con unos chicos que parecían más grandes. Solo estaba Luciana sola, parecía que esperando a las otras dos.
Entonces, me dirigí por los pasillos para bajar por Andrés. Me preocupó algo haberlo dejado tanto tiempo solo, pero unos ruidos ligeros en el pasillo llamaron mi atención. Me asomé con precaución y un hombre joven con una máscara que le tapaba la mitad de su rostro y una nariz inmensamente larga estaba estrangulando a una mujer, parecía el antihéroe de la “naranja mecánica” pero me dio miedo salir corriendo para avisar a alguien lo que ocurría. Así que esperé a que se distrajera para correr como nunca, pero luego me di cuenta que había otra chica sentada y amarrada a una silla con la boca vendada para no gritar. Era Cristina, y sus ojos mostraban la desesperación que cualquier víctima en estas circunstancias sentiría. Entonces, la mujer vestida de ángel era Claudia, que ya estaba terminando de ser asesinada en silencio. Parece que a Cristina la había dejado al final por algo en especial y no quería seguir siendo testigo de todo esto. Estaba a punto de salir sigilosamente mientras el asesino le hablaba muy cerca y tan bajo que no alcanzaba a escuchar, cuando la voz de Luciana hizo saltar mi corazón. El joven disfrazado se esconde tras las cortinas y Luciana entra desesperada al salón al reconocer a su amiga atada y llorando. Trata de desamarrarle y quitarle la cinta de la boca, pero un intenso golpe la desmaya y se despierta aturdida con algún dolor que no la deja pensar bien. Segundos después se da cuenta que le arde la cara, pero no se la puede tocar porque también está atada; entonces el asesino le pone un espejo en frente y al notar que su rostro estaba lleno de cortes semi profundos, vuelve a desmayarse.
Mi escondite en uno de los salones que tenía acceso a uno de los viejos armarios parecía un palco de horror; que, sin embargo encontraba algo que a la vez me atraía.
Deja de lado a la desmayada, y va por la presa mayor, la víctima que estuvo esperando tanto tiempo. La recorre también con el arma filosa y le rompe parte del traje de doncella, soltando alguna que otra risita malévola; pero yo me decido a no seguir siendo parte de un homicidio múltiple solo por el hecho de que nunca me hayan caído del todo bien estas chicas.
Salgo  despavorida en busca de ayuda, nadie me escuchaba por la bulla de la fiesta. Voy al patio y encuentro a Andrés. Le cuento todo lo más rápido que puedo y llamamos a la policía.
Ellos llegan a los minutos, porque habían estado vigilando de cerca las calles. Los invitados se alertan por saber qué sucede, sin embargo,  yo me siento algo más calmada, pero con la curiosidad de saber quién fue el protagonista de este crimen.
De momento viene el alguacil con nosotros diciéndonos que en buena hora habían capturado al asesino, ya que no había terminado de matar a las otras dos, solo las había torturado. Me di con la sorpresa de que el autor de este homicidio era el profesor de historia, que vivía aturdido por estas alumnas que siempre lo habían provocado de alguna forma; y debido a sus alteraciones mentales, no comprobadas, había decidido terminar el tema con ellas de esta manera.
Las vacaciones no fueron lo rutinarias y aburridas que pensé, aunque tenía miedo de salir a caminar sola o ir a otra reunión, los retales de ese carnaval son un mal recuerdo, pero no puedo negar que me pareció fascinante ser testigo de cada una de estas torturas.