Los charcos en los que decidí caer para aprender a mojarme con mi lluvia favorita

martes, 13 de marzo de 2012

Narración: RETALES DE CARNAVAL



Me cuesta recordar mis pasos por el carnaval en las vacaciones de invierno del año pasado. La tía Elisa, prima lejana de mi mamá, me había invitado nuevamente a pasar junto a ella el verano en Génova; y yo hastiada del cielo gris de Lima, había aceptado la proposición ipso facto.
Las diez horas de vuelo me parecieron interminables, aunque la música, alguno que otro libro y la comida insípida, trataban de alentarme que valdría la pena mi desgaste de energía para sobrellevar un viaje como este.
Cuando al fin escuchamos la voz de bienvenida, todos nos alistamos raudamente en salir de ahí, yo más que ninguno, porque siempre tengo la sensación de estar atrapada en una caja de metal; es una especie de claustrofobia que me da cada vez que debo viajar.
Hacía cinco años que no veía a la tía Elisa, pensé que no la reconocería, pero no había envejecido más de lo que pensé. Ahí estaba sentada con la misma gracia de siempre, leyendo una revista de moda para matar el tiempo. La tía Elisa era actriz de teatro, una mujer bastante refinada y guapa, pero que ahora, a sus cincuenta años, se había alejado de ese mundo artístico para dedicarse a ella; sin embargo, un buen observador deduciría su vida pasada: esos movimientos, la forma de sentarse, de caminar, de darle vuelta a cada hoja de revista la delatan, aunque trate de pasar desapercibida. Vive sola, debido a que hace muchos años sufrió un aborto natural. Podría decirse que es su mayor desgracia y la razón por la que dejó todo para aislarse en su departamento modesto, donde puede olvidar y recordar lo que quiera a su antojo.
Me saludó con la emoción de abrazar nuevamente a su sobrina favorita, y es que creo que en el fondo nos parecíamos mucho, en la vida solitaria que nos gusta llevar, en tener la certeza de que no es bueno el que te ayuda sino el que no te molesta. Charlamos de todo durante el trayecto, hasta que por fin llegamos y saludé a Ulises al que también había extrañado, ya que en casa no me dejan tener ninguna mascota, ni siquiera un gato.
Me contó el itinerario para las próximas semanas, iba a ser lo de siempre, ir al centro, a museos, galerías, castillos, a visitar iglesias, porque sabe que me gusta la arquitectura, a la playa y a una fiesta de carnavales, que me sorprendió algo, porque nunca había ido a una fiesta así, ya que hasta hace cinco años era menor de edad, y por encargo de su prima había decidido portarse responsablemente conmigo en este tema.
Andrés me había invitado mediante la tía, ya que siempre le preguntaba por mí, debido a que había dejado de contestar sus mails hace un buen tiempo. Y es que me aburría un poco, aunque siempre me salvaba los días de mi estadía en esta avejentada ciudad.
Descansé un poco y como aún no era tan tarde fui a buscar a Andrés, el mismo chico bobo que le gusté alguna vez, y que me había invitado a la fiesta de carnavales que sería en dos semanas. No lo saludé con la misma efusión que él, pero me gustó salir a caminar mientras conversábamos del tiempo que no nos habíamos visto. Me contó sobre la gran fiesta de disfraces de este año, a la que iríamos por primera vez, pero a la que también asistirían el grupo de Cristina, Luciana, Claudia y los demás chicos que habían sido compañeros míos durante el año que estudié  acá. No me emocionó mucho la idea, porque todos ellos eran el clásico grupo popular del colegio, cada uno con sus rasgos característicos que hacen más insoportable el solo hecho de pensar que los volvería a ver, pero pensé que tal vez no me reconocerían.
Pasaron los días en visitas y caminatas guiadas por la tía, aunque ella sabía bien que no me perdería; conocía muy bien el centro y este, no había cambiado casi nada. El sol se mostraba como nunca lo haría en Lima y yo aprovechaba en broncearme más de lo que estaba.
Llegó la noche de la fiesta de carnavales y yo había decidido disfrazarme de caperucita roja y me había comprado un antifaz porque sabía que la mayoría llevaría uno. Andrea me recogió y solté una sonrisa al verlo disfrazado de un vampiro con toda la onda gótica.
Nos dirigimos al viejo castillo-museo en el que todos los años se celebraba la fiesta de carnavales de Génova, una fiesta medieval de disfraces, donde acontecía como primer número la actuación de un grupo de jóvenes del teatro municipal.
Llegamos cuando ya había terminado la obra teatral, y los asistentes se mezclaban entre disfraces modernos y medievales. Nos servimos un trago y Andrés no dejaba de contarme cada vez más cosas, que la verdad, no tomé mucha atención. Pensé que estas fiestas serían más interesantes, y creo que no debí haber esperado más de lo que sucedió esa noche, sino solo conformarme con charlar y de vez en cuando flirtear con algún chico interesante.
Le dije a Andrés que iría al baño, pero me fui a husmear en cada salón, ya que el hall principal estaba repleto de criaturas perversas, y sus conversaciones solo me estresaban.
Me encontré con Cristina, la chica más bonita de la escuela a la que iba, se estaba arreglando su disfraz de doncella, para luego regresar con las dos amigas, no tan insoportables como ella, que la esperaban en algún otro lado. Ella no me reconoció porque llevaba mi preciado antifaz y porque ya habían pasado muchos años de la última vez que nos vimos.
Seguí recorriendo los pasadizos en busca de alguna distracción, y llegué a uno de los balcones,  desde donde divisé el jolgorio que se armaba conforme transcurrían las horas. Reconocí al grupito de tontas que yacía abajo, haciéndose las sexys. Luciana estaba disfrazada de una bruja, atuendo que le caía realmente bien; y Claudia de un supuesto ángel, afortunadamente era solo un disfraz.
Me quedé observando todo lo que ocurría abajo. Había un grupo de chicos que parecían drogados, molestando a quien se le cruce en su camino, unos bailando en grupo, damas, caballeros, taberneros, conejitas, meseras, enfermeras, superhéroes, Blanca Nieves, pensé que podría unírmele y hacerla de gruñón por lo desganada que me encontraba. Examiné nuevamente, y ya no estaban el trío que antes había estado coqueteando con unos chicos que parecían más grandes. Solo estaba Luciana sola, parecía que esperando a las otras dos.
Entonces, me dirigí por los pasillos para bajar por Andrés. Me preocupó algo haberlo dejado tanto tiempo solo, pero unos ruidos ligeros en el pasillo llamaron mi atención. Me asomé con precaución y un hombre joven con una máscara que le tapaba la mitad de su rostro y una nariz inmensamente larga estaba estrangulando a una mujer, parecía el antihéroe de la “naranja mecánica” pero me dio miedo salir corriendo para avisar a alguien lo que ocurría. Así que esperé a que se distrajera para correr como nunca, pero luego me di cuenta que había otra chica sentada y amarrada a una silla con la boca vendada para no gritar. Era Cristina, y sus ojos mostraban la desesperación que cualquier víctima en estas circunstancias sentiría. Entonces, la mujer vestida de ángel era Claudia, que ya estaba terminando de ser asesinada en silencio. Parece que a Cristina la había dejado al final por algo en especial y no quería seguir siendo testigo de todo esto. Estaba a punto de salir sigilosamente mientras el asesino le hablaba muy cerca y tan bajo que no alcanzaba a escuchar, cuando la voz de Luciana hizo saltar mi corazón. El joven disfrazado se esconde tras las cortinas y Luciana entra desesperada al salón al reconocer a su amiga atada y llorando. Trata de desamarrarle y quitarle la cinta de la boca, pero un intenso golpe la desmaya y se despierta aturdida con algún dolor que no la deja pensar bien. Segundos después se da cuenta que le arde la cara, pero no se la puede tocar porque también está atada; entonces el asesino le pone un espejo en frente y al notar que su rostro estaba lleno de cortes semi profundos, vuelve a desmayarse.
Mi escondite en uno de los salones que tenía acceso a uno de los viejos armarios parecía un palco de horror; que, sin embargo encontraba algo que a la vez me atraía.
Deja de lado a la desmayada, y va por la presa mayor, la víctima que estuvo esperando tanto tiempo. La recorre también con el arma filosa y le rompe parte del traje de doncella, soltando alguna que otra risita malévola; pero yo me decido a no seguir siendo parte de un homicidio múltiple solo por el hecho de que nunca me hayan caído del todo bien estas chicas.
Salgo  despavorida en busca de ayuda, nadie me escuchaba por la bulla de la fiesta. Voy al patio y encuentro a Andrés. Le cuento todo lo más rápido que puedo y llamamos a la policía.
Ellos llegan a los minutos, porque habían estado vigilando de cerca las calles. Los invitados se alertan por saber qué sucede, sin embargo,  yo me siento algo más calmada, pero con la curiosidad de saber quién fue el protagonista de este crimen.
De momento viene el alguacil con nosotros diciéndonos que en buena hora habían capturado al asesino, ya que no había terminado de matar a las otras dos, solo las había torturado. Me di con la sorpresa de que el autor de este homicidio era el profesor de historia, que vivía aturdido por estas alumnas que siempre lo habían provocado de alguna forma; y debido a sus alteraciones mentales, no comprobadas, había decidido terminar el tema con ellas de esta manera.
Las vacaciones no fueron lo rutinarias y aburridas que pensé, aunque tenía miedo de salir a caminar sola o ir a otra reunión, los retales de ese carnaval son un mal recuerdo, pero no puedo negar que me pareció fascinante ser testigo de cada una de estas torturas.

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