Los charcos en los que decidí caer para aprender a mojarme con mi lluvia favorita
sábado, 23 de junio de 2012
Reloj de arena
Sólo puedo decir que un día me tocó a mí. Me tocó ser quién se estrelló contra aquel camión, contra el padre de la niña desaparecida, contra quién fue golpeado por ese policía, contra el policía que asistió a la embarazada, contra el estafado y contra quien fue asaltado por dos menores.
Puede ser que no haya sido la portada de ningún diario ni me haya hecho una nota la gente de canal 10, pero creedme, allí estaba: apenas tapado con una bata verde, pisando una baldosa fría color y sabor nieve, esperando ser llamado, esperando sumar una experiencia más.
No puedo decir que esto para mí es nuevo, me refiero al hecho de visitar los hospitales. Mi padre es médico, mi tío doctor, yo soy asmático y ni hablar de todos los episodios que me alertaron de los límites de mi cuerpo: cuando mi hermano me quebró la nariz, cuando me tiraron con un cable en el ojo en el colegio, cuando me quebraron el brazo en un corner, cuando me internaron por una fuerte neumonía, cuando me disloque el meñique del pie izquierdo haciéndome el skater. Y aún así sigo sintiéndome incómodo, como alguien que todos los meses debe hacer largas colas para cobrar un subsidio, así me sentía, como alguien que tiene que bajar la cabeza mientras camina hacia la puerta tras escuchar “Rizzy”.
El camillero llegó y me separé de mi novia quien debió esperarme en el hall.
“Acóstate aquí” me dijo. Uno nunca sabe exactamente cómo acostarse en esas camillas, son más altas que una cama y no todas tienen un relieve para indicarte de qué lado vas. Honestamente, no recuerdo cómo era esa camilla puntualmente, sólo sé que obedecí y comencé a mirar el techo con sus tubos fluorescentes, pasando de a pares, tal cual se ve en las películas luego del accidente o el disparo.
Empecé a sentirme incómodo, estaba a punto de decirle “espera flaco, te ayudo a llevarme” pero entendí que ese es su trabajo. Así como una vez hice el ridículo al querer levantar la mesa y llevar los platos a la barra en un restaurante, sólo porque conocíamos a la moza y para mí no era placentero que me sirvieran.
Llegamos a una sala donde me estacionaron como a un Fiat 600 entre dos Transformers. La sala estaba copada de practicantes y camilleros hablando, cortina por medio, de la cantidad de insumos. Se notaba que era un hospital privado donde me iba a operar; esta gente sólo hablaba cosas banales y parecían ser todos jóvenes con una pisca de “nenes de mama” y aún así, escuche varios de los peores chistes verdes hacia las chicas que estaban allí. No sé porque recordé a mi viejo: ese humor de clínico tal vez un toque inteligente, pero siempre respetando la soberbia y el ninguneo por parte de los universitarios hacia los que no lo son.
Pasaron algunos minutos, y yo seguía mirando el techo. De vez en cuando giraba a observar la aparatología. No vi ninguna motosierra, por lo q la cosa venía bien. Seguí mirando al techo y por fin escuche la voz del doctor, la cosa cambia.
No es por tratarlo de héroe por haberme salvado, ni nada por el estilo, pero honestamente allí están los nuevos líderes: Los científicos. Un tipo que puede recordar el color de la corbata que usaste el martes pasado; un tipo que es el terror de los petroleros porque cuando se le quede el auto sin nafta en la ruta, allí mismo y bajo el asedio del viento y el abrazo cálido del desierto inventará el auto a agua; un tipo tan groso que yo en mi ignorancia solo podría describir su inmensidad con un insulto. Pero qué me importa eso ahora, me está por abrir este tipo y honestamente, no me fío al cien por ciento.
Apenas un sexto de hora pasó y el mismo camillero que me había estacionado allí me volvió a recoger para llevarme al quirófano. Me parece buena idea, pues no quería que las chicas de esa sala se acercaran a verme cuando las incisiones comenzaran. En fin, nuevamente los tubos fluorescentes pasando una y otra vez me aparcaron. En esta oportunidad debajo de una gran luz, como la de los dentistas, en la habitación más pulcra donde había estado jamás. Me pidieron que me cambiara de camilla, según recuerdo no había diferencia alguna entre ambas, salvo porque la segunda tenía una especia de sábana verde, hermana o prima de la bata que llevaba puesta. Me recosté y el camillero se llevó mi primer auto. A mi derecha tenía a una mujer que no dijo una palabra en toda la velada. Ella de momento era un personaje misterioso que acomodaba los utensilios. Entró una enfermera quien me puso una especie de cortina para que no viera nada más allá de mi cuello, y me recomendó acomodar los brazos de cierta forma que no interfiera en el perímetro que los doctores marcarían en breve. Constantemente escuchaba la frase: “¿Estás contaminado vos?” No me la decían a mí, se la decían entre ellos, calculo que hacían alusión a una especie de procedimiento de esterilización previo a una intervención quirúrgica.
El doctor entró acompañado de un segundo, un tanto más viejo. Ambos me saludaron con mucho cariño y cuando más confortable me sentía comenzaron los pinchazos. “La puta madre” -pero no hay forma de representar los dolores que sentía hasta que el mejor invento del hombre, la anestesia, dormía mi cuerpo y me sumergía en un dilema que no recomiendo sentir.
-¿eso que siento es dolor real o es la sensación? Era la primera vez que me pinchaban sin antes decirme “esto te va a doler un poquito” ¿Será que había crecido?
Pasaban los minutos y sólo podía mirar una cosa: el techo. Los doctores comenzaron a relajarse mientras sus manos me cortaban la piel y sus bocas hablaban sobre sus exitosos hijos en Europa. Quien no estaba relajado era yo, tenía los dedos encorvados como si estuviera cagando un transbordador espacial y cada tanto esgrimía algún gemido de dolor en voz muy baja, porque uno es macho y se la banca. De todas formas, tal parece que no era conveniente hacerlo pues alguien me toco el dedo del pie como diciendo “aflojá flaco”.
En un primer momento sabía exactamente lo que me estaban haciendo, luego me perdí como alguien que se duerme en el colectivo con la barra de talleres: no tenía idea de qué me estaban haciendo, incluso creo haber sentido una sierra.
Esperaba que los médicos se dijeran “muy bien doctor”, pero a cambio de eso solo sentí la hermosa anécdota de Martín viajando a Alemania para un importante cargo en una empresa de energía eólica.
Habrán sido 20 minutos hasta que me desperté del colectivo y me di cuenta de lo que estaba sucediendo: me estaban haciendo los puntos, sentía cómo se me estiraba la piel cuando el doctor cortaba los hilos -qué linda sensación-. Todo esto sucedía cuando el peor temor que se le ocurre a cualquier paciente de cirugía: que se vaya la anestesia. Pero nada de esto sucedió. Soy inmortal y eso está claro.
Dos horas habían pasado en el lapso de entrar al hospital caminando, en ayunas y aquel momento acostado al lado de mi novia esperando al parte médico.
Saco como conclusión, algo en que creo fervientemente: los problemas reales se presentan un martes a las tres de la tarde, justo cuando menos te lo esperas, justo cuando te peleaste con esa persona que tanto amabas, pero lamentablemente habría que repetir episodios como estos más seguidos como para entender que toda esa arena que aún le queda por caer a tu reloj tenga algún sentido.
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